martes, 21 de julio de 2015

Una llave al puente que comunica con Kromathorion







Emitiendo un lánguido gruñido de despedida,  el oso se derrumbó sobre el hielo. El silencio era tal, que se regaron los ecos  de su lamentó y caída, en un alboroto que atravesó el espacio sin encontrar resistencia en la glacial explanada. La mancha de sangre desplegada sobre su pelaje traslucido, trascendió al suelo. Parado frente a los restos del oso polar, se tomó unos segundos para recuperarse.  Dado al esfuerzo, a la falta de costumbre a las inclemencias del frío y  alimentarse de los habitantes de las estepas heladas del Norte, dar la pelea al oso y traspasar sus incisivos a través de la grasa subcutánea, fue una faena ardua y desordenada. Agarró su manchada mandíbula, e intentando  aliviar una aguda punzada que se irradió alrededor del lado izquierdo de su rostro la apretó con fuerza; esta no tardó en ceder. Observó como la sangre conquistaba,  en una lustrosa batalla en bermellón, los helados alrededores del torso y cabeza del oso. Se lamentó de no haber continuado alimentándose, pues aún le quedaba suficiente sangre y vida cuando soltó al peludo animal. Maximino retrocedió unos pasos para no manchar las puntas de sus botas. La sangre ingerida se abalanzó, ocupando los espacios vacíos de cada capilar de su sistema sanguíneo, otorgándole la fuerza  necesaria para continuar hacia al frente. Sin tener dirección exacta, siguiendo la esperanza y la leyenda prosiguió su búsqueda; intentando identificar cada sonido por remoto que estuviera, por insignificante que fuera.
Hacía más de un siglo atrás, por un corto tiempo, se corrió una historia de aparecidos. Un hombre que acompañaba en su viaje al holandés Corneli Giles,  agotado y enloquecido por la ruta, desértica y helada, hacia el polo, percibió, lo que todos dieron por un espejismo.  Decía haber visto una majestuosa residencia al gusto de la Grecia antigua, forjada en hielo. Según contaba,  sus habitantes entraban y salían  abrigados por capas peludas de piel de oso, inmunes a las condiciones del tiempo. 


Dudando de encontrarse frente a un palacio de hielo, más hermoso que cualquier palacio que hubiese visto alguna vez –“con columnas que se levantaban hacia el cielo”–, cerró sus ojos preguntándose si soñaba. Cuando volvió a abrirlos, una de aquellas figuras de movimientos ágiles y apariencia corpulenta,  se encontraba frente a él.  Con una sonrisa amenazante desafiaba su presencia,  disfrutando de su temor. Era imposible que hubiese recorrido la distancia que le separaban en apenas un segundo. Sin embargo,  cuando pareció acercarse aún más para atacarle, el sonido de voces que se acercaban, sus compañeros tripulantes, le hizo cambiar de opinión. El caballero de rostro recio despareció. Ningún otro tripulante pudo dar fe de percibir algo similar.  El hombre, que a su llegada a Holanda intentó propagar su testimonio, animar a la corte holandesa a sufragar una expedición en busca del magnífico palacio perdido,  pasó el resto de sus días internado en un hospicio, bajo total y rotundo anonimato. Según aquel desvariante viajero, los sucesos habían ocurrido en una isla deshabitada al noreste de Spitsbergen, al que Cornelis en ese viaje nombró–y así lo reconoció la cartografía desde entonces– Giles Land. 

Giles Land,  una enorme planicie blanca en la que apenas podía distinguirse osos polares. Sólo en su más remota punta sur, se divisaba una rocosa área terrestre  de revestimiento verde intenso pero, aparte del musgo, despoblado de árboles. La leyenda había llevado a Maximino a lanzarse en un viaje en solitario, en búsqueda de algunos ‘quizás’. El ‘quizás’ de que aquel lugar hubiese sido divisado por una de esas escasas personas capaces de ver a través de un operimentum; uno de los pocos viejos hechizos que, ante la necesidad de encubrimiento al mundo terrenal, se había legitimado. El ‘quizás’ de  que, más allá de que fuera la residencia de algún audaz vampiro,  fuese la residencia de Fidias; quien hacía más de setecientos años había desaparecido. Al principio, conservó alguno que otro contacto con los seres de su misma especie, pero el hielo físico y la pérdida del amor  y el respeto a las artes, el surgimiento de nuevas sectas de vampiros que por fanatismo y desorganización eran más peligrosos que por su fuerza, le hicieron perder la fe en  los humanos, en los vampiros anakromathoriens y en las épocas venideras.

Fidias y sus generaciones de seguidores, a quiénes no le obligaba permanecer junto a él, acostumbrados a la belleza, a las pasiones,  a luz de un mundo abierto al esplendor, terminaron por aislarse del mundo humano. Si había perecido al opus cristallus, nadie lo sabía, pero no ocupaba su espacio en el Gran Museum, y de seguro, sus seguidores le hubiesen traído a ocupar su merecido lugar en la habitación de descanso.

Después de semanas de viaje, en apariencias infructíferas,  disponiendo de sus últimos vestigios de esperanza, el  titilante vestigio de un sonido familiar acaricio sus oídos. Se aferró a la resonancia de lo que creyó ser, la aguda vibración del choque entre un cincel y un mazo; y sin darle tiempo a  perder su rastro, se transportó a sus inmediaciones. Enormes llamaradas iluminaban una traslucida edificación díptera descomunal, cuatro de ellas colocadas en el exterior, dejando trasver seis  magníficas columnas graciosamente estriadas,  coronadas por capiteles  corintios. Justo en el centro, frente a la entrada al recinto, substituyendo las dos columnas centrales se levantaban dos cariátides, encargadas de cuidar del peristilo que cubría el perímetro interior por sus cuatro lados.  Con sus manos juntas frente al pecho, cargaban una larga y esplendida luminaria que se levantaba hasta alcanzar sus las delineadas clavículas desnudas. Detrás del peristilo,  en el pronaos, un enorme candil blanco, de brillo estable, decoraba con su mística  iluminación el recinto.

construcción díptera con peristilo

Por la escalinata, dos figuras ataviadas con unas largas capas de piel de oso se dirigieron a paso seguro y humano hacia él. La incertidumbre no fue mayor que su alegría al notar que le era imposible identificar aroma alguno de la piel de aquellos extraños. Caminó hacia ellos, haciendo un esfuerzo por elevar sus brazos,  mostrar sus manos libres de armas, —Mi visita es pacífica. Busco a uno de los antiguos, de los ancianos milenarios—, comunicándose con calma. Escuchó sin oír, ­—¿A quien buscáis? Debéis identificaros primero—. Sintió una particular vibración que ocupa la cabeza, que un emisor, sin emitir sonido,  transmite cargado de un mensaje silente lleno de significaciones, una comunicación particular de la telepatía típica vampírica. Sonrió, no pudo evitarlo, si no era el hogar de Fidias, al menos eran vampiros, y dado que vivían allí, en aquel lugar claramente griego, debían conocer su paradero. —Me conocen por Maximino. Soy uno de los siete que conforman la curia de los LegosMundi. Busco al legendario escultor Fidias, el grande—. Antes de que los guardias pudieran dar respuesta, otra voz entró a la conversación, una voz potente, que reía alocadamente, sin identificarse le invitó a pasar. 

No hubo más límites, el señor de aquel lugar le daba la bienvenida. Los guardias retomaron el camino de regreso sin pronunciar palabra alguna, con la misma sobriedad con que le daban alcance al suave y lento caminar humano. Respetando lo que le pareció una conducta protocolar, Maximino, recorrió una considerable distancia hasta alcanzar la escalinata. A cada escalón que subía, cómo despertando, nuevas formas escultóricas aparecían a lo largo de su vista panorámica, ocupando los espacios vacíos por entre el peristilo. Hechas de materiales diversos, algunos conocidos metales, piedras preciosas, barro, maderas, diversas aleaciones y otros que le eran ajenos, iban sorprendiendo su gusto estético, abriendo su paladar a formas  desarrolladas y evolucionadas gracias a la habilidad y al aislamiento. 
Atravesó la pronaos junto a los guardias encapuchados. Después de varios intentos, desistió de mirar sus rostros, la capa y la capucha peluda que les protegía del viento y el frío les mantenía en el anonimato. La luminaria central  le deslumbró con su resplandor blanco, capaz de iluminar como la luz del día, de alguna forma el fuego le parecía familiar. La pronaos estaba decorada con bajorrelieves de hombres que trabajaban en esculturas, algunos de los rostros le eran reconocibles, especialmente el de Fidias, que representado como una figura más alta que los demás estudiaba las piezas que le traían sus aprendices. Más arriba de los bajorrelieves, levantándose hasta el techo, motivos florales con tallos en espiral se conectaban unas a otras como la vid, apoderándose de los espacios vacíos.

Esperaba encontrarse con la naos características de los templos griegos, sin embargo, en forma de pasillo se abrían a sus lados habitaciones de las que provenían el sonidos de gente trabajando. Pensó en la posibilidad de que  el sonido que le condujo hasta allí provino del trabajo de alguna  de aquellas manos. Al final, alumbrado por antorchas del gélido fuego blanco propio de aquel lugar, se levantaba, imponente,  una copia del Zeus de Olimpia; definitivamente el habitante de aquellos espacios era Fidias. Se detuvo a admirarla, pero los guardias le indicaron que debían continuar su ruta.  —¿Qué te parece? La de Olimpia, era más pequeña que esa. Aunque debo admitir que aquellos materiales le hacían ver más grandiosa—, escuchó a Fidias decir sin palabras. Maximino sonrió sin darse cuenta. Aquel ser era en extremo poderoso, podía no sólo hablar, enviar imagines, sino verle. No sabía si le veía a través de los ojos de sus pupilos o a través de los suyos propios.   Jamás hubiese identificado que la figura olímpica guardaba bajo sus pies una trampilla, un bloque de hielo imposible de levantar entre varios hombres. Bajaron una escalinata escavada en el hielo, según descendía, las paredes adquirían un color blanco hasta alcanzar cierta tonalidad azul.
Llegados a ese punto, encontró múltiples cajones en piedra pulida cubiertos con una pesada tapa, de las que se levantaban esculturas detalladas de distintos caballeros, sarcófagos en los que descansaban durante la época de sol. Más adelante, según desfilaba hasta una enorme silla dorada, una morbosa escena de le fue compartida, esculturas en roca cristal, pero en tono opaco como vidrio sin pulir. Lo que parecía ser esculturas eran los cuerpos trascendidos al opus cristallus de los habitantes de aquella remota y antiquísima colonia vampírica. ¿Por qué habrían decidido quedarse en ese  erial desierto, en vez de ir a descansar junto a sus hermanos en la Gran Museum?, se preguntó Maximino para sí.

Somos muy viejos Maximino, demasiado. Nos gustan las costumbres que hemos desarrollado a través de un milenio, o muchos más, y con ellas  deseamos quedarnos. ¿Para qué volver si somos felices de esta manera?—se expresó Fidias con calma infinita.
 
Maximino se sentía impelido a guardar una posición de  inferioridad, propia  de quien atesora   respeto y admiración.  Frente a él, uno de los titanes, de los que ya no quedaban, y si quedaban lo hacían escondidos, y tal cómo Fidias, sufriendo los estragos de estados  muy avanzados del opus cristallus. Los ojos de Maximino viajaban de un lado a otro aterrizando siempre en la barbilla de Fidias; la  horrorosa y claustrofóbica belleza de un kromathorien habitando sus horas finales en una escultura de piedra-cristal le aterraba. 

Fidias continuó  una conversación amena con Maximino haciendo ejercicio de su fuerza telepática. Maximino, sin atreverse a regodearse en el pensamiento, supuso que sus cuerdas bucales habían perdido la capacidad de producir sonidos. De momento, según observaba, miles ideas le saltaban a la mente. Las mismas que debía batear una y otra vez, evitando ofender al titán, con sus prejuicios.   Fidias era un diseñador, un escultor, un artista, no estaba con remilgos impropios de su vida licenciosa. Pero ver a alguien de su nivel comportándose así, era desconcertante para Maximino,  quien estaba acostumbrado a los protocolos, y respetaba los formalismo de él para con otro y de otro para con él. Dirigió su mirada a lado, buscando dirigir sus pensamientos hacia otro tema. En algún momento, sin que se hubiese dado  cuenta, los guardianes que aún le acompañaban, se habían bajado la capucha. Un hermoso prendedor dorado de detalles policromados en rojo y azul formaban formas vegetales de tallos en espiral que se entrelazaban, justo como las paredes de cristal del piso superior. De alguna manera, la añoranza a otras condiciones climáticas había hecho del intricado motivo foral, un símbolo. Parchos marfileños que se iban borrando hasta alcanzar tonos trasparentados, iban apoderándose de áreas del cuerpo que ya no valía la pena cubrir. Ahora, estando cerca de ellos, entendió el porqué del paso digno y pausado con el que se movían, que tanto le sorprendió a su llegada.

Vienes buscando un substituto a las clavisamillas, ¿no?, escuchó decir, Maximino. Ante semejante pregunta no pudo más que levantar su mirada sobresaltada. El ser sin mover sus labios sonreía en complicidad. Sentado sobre una amplia manta de parchos, que elegantemente pareaba pedazos de cuero decorados con diseños en hilo de oro y plata y  piel cubierta de espeso  pelaje, todo teñido en tono borgoña, lucía como el mismísimo Zeus. Tomó  el silencio de Maximino cómo  afirmativa, y prosiguió, ¿Para qué deseas abrir el portal sin la anuencia de la Curia? Me tienes curioso. Podría haberlo esperado de cualquiera, pero jamás de ti.  

Maximino no sentía fuerzas para exponer en palabras las razones de tu solicitud. Dejó fluir su mente, abrió sus pensamientos a los ocupantes de la habitación. Imágenes de los Vampyr reunidos decidiendo el destino que  Andreas, su hijo  en el calabozo aguardando su pena; diversas escenas borrosas de las vidas de Filippo; su rostro de ojos grandes y redondos enmarcados por cejas y pestañas profusas, aspectos que a pesar de su evolución física, nunca cambiaron a través del tiempo, por los que podía divisarse un acantilado, que conducía a un espacio vacío, incomprendido constantes sometimientos al Lete Memnosia; la cristalización temprana de Maximino y su incapacidad a continuar llevando a cabo tan peligroso procedimiento; su búsqueda constante por una verdad, que una vez conocida no le satisfizo, más le horrorizó; Ana Isabel, y la desolación que trajo Filippo su muerte; dejó ver imágenes que recordaba y alguna que otra resurgía polvorienta de los vagones  de su memoria; ejerciendo todo su empeño en no olvidar mencionar nada que pudiera conmoverle, a hacerle coautor de un  astuto proyecto proscrito. Una vez, desbordada su memoria, desarmado se sintió vulnerable, sentía que temblaba pero no de frío.  

Hijo mío, las clavisarmillas no tienen ninguna función mágica.  Es sólo un recurso, un imán que crea  una conexión más duradera con la puerta al otro lado del puente que comunica un mundo con otro. Dentro de su revestimiento en oro existe un recurso simpático, un mineral perteneciente a nuestro mundo. Yo ni me atrevería a llamarlo un artefacto mágico.  La señal que comunica Khromathorion con este lugar, es independiente de si existe la clavisarmilla o no, esta simplemente la hala con mayor potencia, eso es todo. Evidentemente es bueno aparentar que las clavisarmillas hacen otro tipo de labor, así nadie se molesta en buscar la forma de conseguir materiales con el mismo efecto, que mantengan el portar abierto por más tiempo.  De no haber sido así,  de seguro la Tierra  estaría en caos, o bajo el control de algún aristócrata con poder. Eso sí, parece oro, pero es una aleación entre oro… ¿Recuerdas el litino? —Maximino contestó una sonrisa de memoria agradable.

 — Las clavisarmillas cargan en interior un grueso estambre de litino. Una vez nos dimos cuenta de que el oro, en sus diferentes variantes, ejercía una fuerte fuerza magnética a nuestras joyas de litino, comprendí su valor y  capacidad. De alguna manera, el oro y el litino pueden hacer conexión y me atrevería a pensar que el oro podría ejercer la misma fuerza desde el otro lado del portal, por eso la cubierta está hecha en oro. Eso es todo, el secreto del viejo Fidias.
   ¿Crees que se podría conseguir hacer otras?
   No hay suficiente material para conseguir realizar otras clavisarmillas o algo que consiga unir el portal, por mucho tiempo.
   ¿Mucho tiempo? Filippo necesita unos instantes.
   Bueno, considerando lo que me dices entiendo que puedo ayudarte a hacer un intento, uno desesperado, pero es más que nada. Creo conservar alguna que otra cosa que puede sernos de utilidad por su contenido en litino. Quizás uniendo todas esas piezas podamos conseguir material suficiente. No estoy seguro de cuánto pueda salir, pero nada pesa en intentarlo. Pero antes de comenzar, deseo que me prometas algo. Te ayudaré a crear la pieza, pero tú me ayudarás a pasar el portal junto a tu nieto. No deseo continuar aquí, dijo Fidias en tono de solemne negociación, el más serio que sostuvo durante toda la visita de Maximino.
   ¿Estás consciente de que nadie sabe que puede sucedernos, si pasada nuestra hora real de muerte en Kromathorion, entramos en el portal?
   Lo he meditado muchísimo. Quiero que mi existencia pierda su chispa en Khromatorion. Tengo una teoría alocada acerca del opus cristallus. Pienso que no existe manera de regresar de ese estado. Que las almas que allí aguardan, lo harán eternamente porque  les ha tocado el fin, más tarde de lo usual, pero les ha tocado el fin sin el beso de la muerte. Piénsalo, Maximino. Todos, se supone, que hayamos desaparecido. 

 La existencia en Kromathorion llevaba un tempo hasta cumplir un término y, una vez cumplido, la muerte nos cortaba el hilo de la existencia. Aquí, le estamos perdidos, pero el tiempo pasa, nuestro tiempo no es eterno, y aun cuando nuestro hilo no sea cortado, porque no lo encuentran, perecemos y no hay remedio. La muerte no llega, ni nos alcanza, sin embargo, nos petrificamos nuestro cuerpo dice basta, se cansa. Me da miedo pensar que mi esencia quede atrapada en esa piedra por el resto de los tiempos, o que esta  vague sin rumbo por el mundo, penando, añorando el próximo paso natural al que se supone que me enfrentase. Quiero que la cristalización no se complete, que la muerte me encuentre en mi tierra y que el Omnipotente disponga de mí de la manera que juzgue. Hemos saltado sus reglas, somos intrusos de otro mundo que creó para otros seres, y le hemos transgredido este proceso, algo hay que pagar, y estoy dispuesto a hacerlo en mi ambiente natural, sin ser abandonado, perdido en el medio de la nada, que el Omnipotente no me encuentre sin haber demostrado mi valor a ser juzgado por mí importunar su orden. Pagaré cuanto allá que pagar, pero allá, dónde se supone que me hubiese quedado. ¿Tienes claro que el estar aquí es un atrevimiento de nuestra parte? ¿Quién somos nosotros para cambiar el orden natural del Omnipotente?, Maximino. ¿Quién somos? Varias carcajadas sarcásticas temblaron nerviosas en lo más profundo del alma  de  Fidias. –Sólo te ayudaré a abrir el portal tras la figura de Sekhmet, si prometes que tu nieto me llevará a través del puente que conduce a Kromathorion.  

   Tu requerimiento le será impuesto como condición a su travesía, serás tú quien le entre la llave.

Fíbula Vikinga


Fidias llamó a sus mejores orfebres, para que rebuscaran el palacio por piezas que pudieran guardar algún rastro de litino. En menos de una hora, los pupilos presentaron una bandeja a su maestro. Fidias comenzó a evaluar el porciento de litino que contenía cada  pieza. Mientras disfrutaba de su discurso de materiales se expresaba de litino como si hablase de un ser pensante —Estoy seguro que el litino es lo que vendría siendo aquí el oro, pero como hablábamos, no pertenece aquí. Es tan poderoso, es capaz de ajustarse al medio ambiente en que se encuentra, identificar aleados.  Encontró por sí mismo al oro. ¡Qué maravilla!  Fusionan tan bien, por eso ha sido fácil ocultar el secreto del portal. El oro era un excelente aliado, sus propiedades comunes les sirven de camuflaje. Aquí nos sirve de protección.
Maximino recordó cómo había exigido que se juntase sangre con oro para revestir el material que cubriría las paredes de su búnker palacio, para evitar la mirada curiosa de cierta vampira  que contaba con la capacidad de inmiscuirse en lo que no el incumbía si poseía algún elemento que pudiera ser conexión con la persona.

hachas de talón con anillas

La línea de pensamiento le fue interrumpida por Fidias, que a carcajadas le dijo, Excelentísima estrategia la tuya. Nunca se me hubiese ocurrido semejante uso. Debe ser una gran amenaza esa vampiro; toda una vampireza. Y sin agregar más, Fidias continuó escudriñando los objetos en la bandeja. Las piezas comenzaron a salir disparadas hacia todos lados. Si el contenido de litino era escaso para someterlo por un proceso de separación de minerales, con un increíble poder telekinético Fidias retiraba las piezas de la bandeja. Cualquier coleccionista hubiese pagado una fortuna por cada una de las objetos rechazados, pero en ese momento, para el escultor, si no poseían la concentración que buscaba, no presentaban ningún valor, eliminándolas haciéndolas volar por los aires hasta rodar por el suelo. Al final, sobre la superficie dorada de la bandeja quedaba un torque, tres broches, dos fíbulas en forma de dragón, un pedazo de un brazalete roto, un anillo, dos hebillas de sandalias. Pero, el más burdo de los objetos expuestos frente a él, se le hizo el más valioso, una tosca hacha de talón. El talón de esta pieza fue ligeramente manipulado en época posterior a su fabricación, no se le debió dar mucho uso debido a su debilidad. El escaso valor que su dueño le dio permitió que se conservara oculto bajo los escombros del hogar de una cabaña de la Edad del Hierro, que se mantuvo en uso hasta época romana.    Fidias tomó su tiempo para incorporarse. Un dolor no expresado atravesó el silencio de en la sala. Invitó a Maximino a participar del hallazgo. Inexperto en materia de minerales, a Maximino le pareció oro blanco. Nunca se había detenido a observar las diferencias de un material y otro, solo poseía el conocimiento popular entre los vampiros de las capacidades del oro, pero jamás pensó que alguien se hubiese dado a la tarea de traer materiales extranjeros, y que esos hubiesen sido aleados con otros locales; no hubiese recordado el litino, si no fuera porque Fidias lo trajo a colación.
torques
Hay suficiente material, para fundirlo y hacer algo, si lo combinamos con el litino de tu clavisarmilla. Ya veré que me invento. Pero antes, mandaré a hacer una que substituya la tuya, no querrás levantar sospechas. No debe tomar tiempo, aún guardamos el molde que diseñé para ellas. En eso ya estamos de acuerdo. Cambiando el tema, tu hijo es un genio. Lograr cambiar su naturaleza. ¡Qué ingenio! ¿Tienes idea de cómo lo hizo?

Entre ofendido, avergonzado y horrorizado, Maximino pronuncio un rotundo NO. No pudo evitar preguntarse si  a Fidias su existencia a través de  los milenios le había enloquecido. 

   No te preocupes, muchos se preguntan lo mismo. La verdad es que estoy más cuerdo que nunca en mi existencia, pero llega un momento, luego de que poco a poco te vas petrificando, que piensas más de lo que actúas, recuerdas más de lo que vives, y con un poco de suerte agradeces más de lo que te lamentabas, y eres más tú en tu ser, que lo que dice tu nombre. No vivo preocupado de las intrigas y las reglas de antaño. Mis cuestionamientos y miedos no miran tan lejos en el futuro como lo hacía antes, porque mírame, no tengo por qué  explicar  el por qué. Mi tiempo se acaba, y este ha sido, para bien o para mal, bastante largo. El único futuro que me preocupa es que ha de pasar con mi esencia luego que se complete el opus cristallus.  Aparte de eso, vivo aquí, tranquilo sin que se acuerden de mí y yo no tenga  que ajustarme a nadie. 

¡Agorácrito! Toma los materiales, comienza la separación. Ordena que busquen el molde la clavisarmilla, que hagan una sólo en oro. Que la hagan rápido, que Maximino la necesita antes de marcharse.  

El aprendiz, cómo la mayoría de sus antiguos pupilos, también comenzados en el proceso de cristalización, se acercó a la bandeja y tomando las piezas, se dirigió hacia la escalinata que llevaba al piso superior, dónde se encontraban los talleres. 

   Sabes que te buscarán hasta encontrarte. Asegúrate que dejas la clavisarmilla en buenas manos. No se me ocurre una mejor persona que tú para cuidar una de sus piezas. Estas cosas mantienen el orden. Encárgate de que se cumpla la entrega en buenas manos.
De los que estamos aquí dudo mucho que alguien más desee regresarse a Khromathorion. Desean yacer esperando que llegue la hora de remplazar la piedra por una nueva piel. Estoy seguro que no pasara. Seré el único que me marché. Le pediré a algunos de mis estudiantes que me transporte, como ves ya no puedo moverme solo. 

Pantarkes, querido pupilo, acompaña a Maximino a los talleres, cuida de que  se cumplan todas sus exigencias, Fidias dirigió sus instrucciones a su antiguo estudiante de aspecto estrecho, como adolecente en que aún no se definen sus rasgos masculinos, el vampiro pestañas níveas y de movimientos endurecidos le dirigió el camino había los talleres.

Recuerda, estaré allí para hacerle entrega de la llave a Filippo. A sus relacionados, que se vayan todos de dónde se encuentren. Que sean anónimos. Buscarán contra  quién cobrárselas, eso te incluye a ti, Maximino y puede que me busquen a mí, pero ya no estaré. ¡Hasta nunca, que vivas bien!  

 

miércoles, 13 de mayo de 2015

Y, cómo no había nada que alcanzar, sus pasos se abalanzaron hacia todas las rutas y ninguna, porque detenerse le causaba vértigo.





Evidentemente, fue escrito a flujo de conciencia. Se darán cuenta por la escasa descripción de los lugares, vestidos, muebles y otros.   Aun no he leído con el debido detenimiento. Iré mejorándolo luego. No quería subirlo, estoy buscando la forma de controlar la compulsión de subir pedazos que escribo, pero en este caso, no pude evitarlo. Nunca había escrito algo así y tengo sentimientos encontrados al respecto. Además,  conocer a Filippo así… No lo sé, es muy raro.


Había recorrido millas enteras por entre las calles de los barrios de la ciudad. Cada paso hacia al frente era un acto inconsciente, en automático. El ruedo de los pantalones manchados de tierra, aguas estancadas y desperdicios comenzaban a pesar; según subía la mancha de humedad por las piernas. De algún modo, había conseguido cruzar a pie una enredada y absurda ruta incapaz de repetirse, a menos que  con un hilo rojo se trazase el camino desde el punto de partida, hasta alcanzar el final. No había a dónde ir, ni a quien buscar, nada tangible que querer o encontrar. Y, cómo no había nada que alcanzar, sus pasos se abalanzaron hacia la vacuidad, porque detenerse le causaba vértigo.

Ya amanecía cuando se encontró frente a la aldaba con el enorme y maldito rosetón, que desde que tenía uso de razón había decorado el portal. Ahora, ya conociendo su realidad, sus ojos pudieron formar la figura del escarabajo perdido entre  los pétalos de hierro. Lo miró incrédulo de no haberlo notado antes; ahora le era tan evidente su presencia, que sintió vergüenza.  Empujó la puerta y, cómo  supuso, la encontró abierta. Con la vista fija al frente, caminó hasta alcanzar habitación, si alguien le trató de hablar, o llamar su atención, no hizo caso, no lo vio, no escuchó; fue incapaz de identificar cualquier otro espectro fuera de los habitantes de su pesadilla.

Ya en su habitación, a oscuras, se dejó caer sentado sobre el colchón. Se acarició las rodillas, al sentir el malestar provocado por una caminata accidentada por horas enteras. Le temblaban las manos; el cansancio no era capaz de mitigar su aletargada intranquilidad. A pesar de la oscuridad ocupaba la habitación, podía definir los muebles, la vela dispuesta sobre la mesilla, que esperaba a  ser prendida, la leve ondulación formada por la cadena de libros organizados en el  estrecho librero de madera sobre el escritorio; hasta podía diferenciar  los diseños geométricos en marquetería, los tiradores de las gavetas con sus diseños florares repujados y el tamaño de cada una de ellas.

A través de la ranura que separaba las compuertas de la ventana, comenzaba a dibujarse una fina línea de luz, y posó su vista sobre ella por el tiempo suficiente para que ésta, con fuerza, alcanzara trazar su fogosa silueta  sobre el suelo. Se dejó caer hacia atrás, y el cansancio lo sumió en un aletargado descanso que se apodero de Filippo  hasta entrada la noche.
-Filippo, despierta. Es hora de partir.

Abriendo sus ojos, parpadeo varias veces. La luz de medio día le cegó dejándole a la vista la sombra oscura de una cabeza con cabellos largos que se mecían con suavidad. Según sus pupilas se acostumbraron a los rayos de luz, las suaves facciones de un rostro conocido se definieron. Se desperezó irguiendo su cuerpo hasta quedar asiento sobre la tierra. Cerró los ojos afectado por la luminosidad encontrada de frente, al abrirlos la negrura surcaba los cielos ribeteados de centelleantes estrellas. Jamás había visto un panorama tan magnífico, las nubes viajaban en ondeante formas que se definían y desasían según los antojos de las manos del viento; sin embargo, la brisa era acariciante. Frente a él, sentada al borde del acantilado, una figura femenina  miraba el horizonte.  Caminó a ella. Ana Isabel levantó el rostro y le miró sonreída diciendo, Está hermosa la noche, ¿te parece? Filippo fue incapaz de dar una segunda mirada al mar iluminado por el camino de plata de la luna. Deslumbrado por la brillante desnudez sólo vestida por el abultado y ondulado cabello oscuro de Ana Isabel.  ¿Estás listo? ¿Quieres irte?, dijo nuevamente, sujetando sus rodillas abrazadas al pecho.

¿A dónde?, preguntó tomando asiento a su lado, despejó su hombro, sintió una frialdad ajena al calor humano, cuándo sus labios entraron en contacto con su piel. ¿A dónde puedes querer irte?, preguntó.

¿Tomemos el puente? Marchémonos de aquí, dijo Ana Isabel señalando al horizonte. Filippo se forzó a sí mismo a mirar hacia el punto señalado por el delgado y largo brazo. No pudo divisar  puente alguno. ¿De qué puente hablas? Como si fuese capaz de observar el puente Isabel  lo describió: el puente de niebla y luz, ese que parece  de cristal, que refleja tantos colores. Es hermoso. Intentó, nuevamente, seguir la ruta de la mirada de Ana Isabel, pero fue incapaz de ver algo aparte de alguno que otro barco alejándose a la distancia. Isabel, no entiendo de qué hablas, dijo con cuidado para no dañar el momento. Ella contestó sonriendo con la mirada, ¡Que importa! Podemos ir a cualquier lugar. ¿No te parece maravilloso?

Antes de que Filippo pudiese reaccionar Ana Isabel se lanzó en clavado al mar. Asustado, se incorporó, y sin preocuparse con que se encontraría, se lanzó tras ella. El agua le cubrió completo, sin que el cambio de temperatura le afectara. 

Al levantar su rostro sobre el agua, Ana Isabel le esperaba. Nadó hasta alcanzarla. Abrazó su cuerpo desnudo. La íntima cercanía le permitió observar su piel, ahora  tensa y elástica, como de una adolecente. Sin embargo, esa tersa juventud era contradicha por la mirada madura, era el rostro que abandonó al marchase, pero con la madurez de la Ana Isabel que encontró luego de años. La apretó, acercando a sí diciendo entre dientes, No me hagas esto de nuevo; pudo sucederte algo.

¡Qué importa ya!  No hay peligro humano suficiente. Por entre la sonrisa de Ana Isabel comenzaron a perfilarse dos  filosas protuberancias junto a sus incisivos superiores. Ana Isabel levantó sus piernas rodeándolo, y en el abrazó, sus dientes penetraron el cuello de Filippo. El torrente de sangre que a velocidad atravesaba las incisiones en su cuello  le despertó a  sensaciones antes sólo imaginadas. La sorpresa despertó instintos que antes luchaba por contener y  su cuerpo cedió a la emociones. Echando su rostro hacia atrás,  abriéndose las posibilidades del beso, incapaz de mantenerse a flote,  se hundieron en oscuridad de las aguas.

Cayó sentado en la misma posición y lugar que había permanecido horas atrás. Se encontró en la habitación solo, la marca del día se había borrado del suelo. Le faltó el aire y corrió a la ventana abriéndola de par en par. Prendió la vela de mesilla, y en la esquina contraria un resplandor verduzco se iluminó en la puerta del armario. La luz de la vela iluminó el grueso tafetán verde esmeralda, de un vestido que conocía bien. El vestido que  había solicitado la última noche que había pasado allí, con ella, antes de que hubiese tenido que huir. Una nota colgaba del atuendo que en letras estiradas e irregulares leía: Aquí está el vestido, pero  no estás tú. No había firma, no se necesitaba firma alguna, la firma la llevaba el vestido, la caligrafía afectada; todo en la escena llevaba la firma de Ana Isabel.

Comenzó a temblar incontrolablemente. Abrió la boca para gritar, sin embargo, fue incapaz de emitir sonido, bramaba por dentro, con todo su cuerpo, pero la voz le traicionó, impidiéndole emitir el más mínimo sonido. Deseaba llorar a pulmón abierto, hasta ahogarse.

El gancho de madera se partió al ser arrancado el vestido con ira descontrolada. Le dolía hasta el imaginario olor a su perfume. Salió escaleras abajo, atravesó el pasillo, sintió la voz Laurenz que le hablaba y gritó: Cuando regrese no quiero a nadie aquí.  O eso creyó decir. Tiró  la puerta tras de sí, y desbocado se lanzó calle abajo.

Recordaba un prostíbulo cercano, cerca de la calle Mesones, al que solía visitar en su juventud, y llegó a él sin pensar en la posibilidad de que la madame pudiese reconocer su rostro; realmente, luego de que le sirviera bien, no le importaba lo que pensase.

Al llegar, no quiso dar cuentas de su petición a nadie que no fuese la estirada mujer sesentona, señora dueña de ese centro de entretenimiento para caballeros. Había cambiado la decoración, ahora, desde el momento en que entrabas el terciopelo rojo sangre forraba los asientos, la imponente lámpara de araña que colgaba del techo fue substituida por una más módica, el resplandor del cristal anterior había sido reemplazado por un vidrio opaco, probablemente más económico. Notar semejante detalle, en penumbras, le hizo suspirar en exasperación.  Al escuchar el apellido, la mujer abandonó sus quehaceres y con dos copas de vino fue a su encuentro. Antes de que ella pudiera fijar su mirada y descubrir rasgos sospechosos Filippo dijo, Soy hijo de Filippo van Neuenwald, Don Felipe. Deseo compañía en la privacidad de mi hogar esta noche. Una mujer que quepa en éste vestido. Tomó la copa, y puso en  la arrugada mano llena de pulseras y sortijas incrustadas de piedras semipreciosas,  una pesada bolsa de dinero, asegurando su servicio y su abstención a preguntas impertinentes. Luego de que notó que la madame había calculado el peso, entregó el amplio vestido.

La madame levantó los lentes que llevaba colgados al cuello, y midió  a ojo el tamaño y valor de aquellas telas. Muy buena calidad, pero también muy pasado de moda, podría ser un vestido de su madre, pensó. Años de un  servicio excepcional, alto nivel de discreción, y su abstención a  ejercer juicios – por lo menos a no reflejarlos de manera alguna -  la habían llevado a convertirse en dueña del burdel más cotizado de Granada; no había espacio para preguntas e indiscreciones, siempre que hubiese una resonante bolsa de monedas en su mano. Entre más específicos y extraños los apetitos, mejor pagados eran, y eso le llenaba el bolsillo y su avejentado  corazón. Se marchó a buscar, entre sus muchachas, la agraciada en portar el  antojo de Don Felipe.

Soledad, una joven que apenas llevaba unas semanas en aquella casa de entretenimiento, fue la única a la que le sirvió el mismo. La madame, sabiendo que era inexperta, y que los precedentes establecidos por el padre de aquel hombre eran particulares, le advirtió que  dejase complacido al señor, que de ello dependía si permanecía bajo su tutela.

Soledad, acarició ambos lados de su torso siguiendo la línea hasta su cintura donde la falda se abultaba formando unas enormes caderas demarcadas por las ballenas ocultas bajo las telas.  Se admiró a sí misma, adornada por una fina demarcación de  cuello y mangas  en amplios encajes en dorado. Nunca había vestido telas tan lujosas, con terminaciones detalladas y puntillosas; el que no respondiera al estilo en boga, le daba igual. Recogió su cabello ceniciento en un chignon depurado, pero fácil de desatar. Armada con toda la sensualidad y seguridad que pudiera proyectar, deslizó los brazos con una suavidad etérea, a través de la cortina que separaba el recibidor de la taberna,  saliendo al encuentro de uno de sus primeros clientes. Frente a ella, encontró con un  hombre joven, delgado, de largas piernas, que inquieto daba zancadas de un lado a otro, hablando para sí mismo. Cuando sintió la presencia de alguien más en la habitación, Filippo levantó su rostro, estaba despeinado y llevaba la ropa estrujada, pero detrás de las infladas ojeras  violáceas brillaba, a través de sus pestañas, una deslumbrante mirada perdida y rota. Una punzada atravesó su  pecho al  encontrar la mirada con la suya. Filippo, en aras de ser cortés, bajó su rostro en señal de saludo. El contraste de sus largas y abultadas cejas rectas y oscuras como el ónix, su piel blanquecina y rosado pálido de unos labios carnosos, la desarmó de tal modo, que se enamoró de él en un suspiro.
Caminó hacía él intentando aferrase a su desvanecido arte de seducción, pues, sin Filippo pretenderlo, la había desarmado. Intentó dirigirle algunas palabras aduladoras, cómo se le había enseñado, pero él le detuvo, antes de poder bien comenzar. No te preocupes por esas cosas. Iremos a casa esta noche, y me asegurare de traerte de vuelta al terminar, para pagar el resto, y asegurarme de que no te suceda nada. Por favor, camina a mi casa frente a mí, yo te iré diciendo el camino, quiero verte caminar airosa con ese vestido.

La muchacha, levantando sus hombros y barbilla, logró disimular su confusión. Cada seguro, pero incierto, paso que daba hacia algún lugar desconocido, era iluminado por la lámpara de aceite que cargaba entre sus dedos con delicadeza. A pesar de estar cubierto de cristal, mantenía la luminaria alejada del vestido.  El contoneo levemente exagerado de sus caderas pretendía hacerla dueña de aquella tela, y entendía que se meneaba con garbo dentro del vestido. Hasta que miró hacia atrás, encontrándose como el rostro inexpresivo de Filippo que avanzaba  con la mirada  puesta en su espalda, y sus manos  guardas en el interior de bolsillo del frac.

Se sintió confundida a entrar entre las angostas calles del Albaicín, y subiendo la cuesta, tuvo que esforzarse por no perder la gracia, ni pisar charcos que pudieran arruinar el vestido, y enfurecer al señor. Miraba alrededor pensando en cómo era posible que un hombre con el dinero necesario para pagar por ese vestido, por el servicio extra de llevarla a su hogar, pudiera vivir en un barrio tan abandonado como el Albaicín. Antes de poder cavilar teorías acerca de un engaño, de un robo del vestido.   Escuchó la voz de Filippo que le señalaba su hogar. Frente a ella un alto y amplio portal, que separaba la sinuosa calle enmugrecida  de una residencia bien. Bienvenida mi hogar, Filippo le dijo en voz baja. Tímidamente la muchacha sonrió bajando el rostro. La tomó por la cintura y levantó su barbilla con cuidado, hasta dar con su mirada, la lámpara que la muchacha cargaba en su mano era suficiente para iluminar ambos rostros: Muchacha, no necesito que seas atrevida. Yo lo haré todo. No te marcharás hasta que hayamos terminado. Estarás bien. No hablarás con nadie sobre esto. Yo cuidaré de ti.

Esperó a ver en sus ojos su aprobación, un entendimiento forzado por su recién descubierta capacidad de convencimiento. Y dirigió el camino hasta su habitación en la segunda planta. Según caminaban hacia su habitación, Soledad admiraba la alberca y la fuente iluminadas por las luces nocturnas, se le antojaron de ensueño. Llegados a la habitación, Filippo le indicó que se tomara asiento sobre su cama. Dándole la espalda, se dirigió al escritorio del que comenzó a sacar algunas cosas, de su interior afloró un quejido gutural, que pretendía no ser escuchado. La muchacha al escucharlo,  preguntó si le sucedía algo.  No recibió respuesta, y Filippo tardó en regresar a ella, con una pluma y un bote de tinta en mano.

Sentado frente a ella, despejo su pecho, y con cuidado de no derramar la tinta sobre el vestido, comenzó a trazar letras en el cuello de la muchacha, en el escote libre del traje, en los brazos, una y otra vez en tinta roja, una tinta incapaz de realizar líneas uniformes, de no gotear. Pronto se le acabó, y esta vez Filippo no ocultó el origen de la misma, ni el proceso por el que adquirió el producto espeso y carmesí. Cubrió el pulgar de  su mano derecha con una uña de metal de punzante y afilada punta que le cubría hasta medio dedo. Se abrió una herida en la muñeca, sobre una que ya comenzaba a desaparecer. La muchacha  abrió los ojos en espanto, pero fue incapaz de protestar, de separarse. Miró cómo Filippo acumulaba el líquido rojo que su vena despachaba  en un lento chorro cayendo a cuenta gotas dentro  del corto envase. Una vez más, la herida comenzó secarse dejando un revestimiento negruzco trazando la línea de la incisión. Volvió a repetir el proceso. Dentro de su cabeza, la muchacha formulaba preguntas y exclamaciones imposibles de exteriorizar.  
Filippo, a su vez, liberando su torso de los botones cubiertos de tela, lazos y encajes, continuó escribiendo palabras que terminaban en garabatos, una y otra vez,  su nombre, el nombre de su fenecido amor, su reclamo. Frases cómo te marchaste antes de comenzar. Te vengaste. Ahora, ¿qué hago si ya no estás aquí? 
Comenzó a acariciarla según bajaba el vestido, según se acababa la coloración rojiza, según iba deseando desesperadamente agarrarla entre sus brazos. Lo que antes eran palabras esbozadas en una caligrafía incompleta, ahora se hacía manchones rojos que se regaban a través de su cuerpo. Le acariciaba con el cuidado necesario para que la uña de metal no arruinara su piel. El calor de la tez de la muchacha, con su revestimiento de grana, le forzó a apresuradamente quitarse la ropa, a abalanzarse sobre ella a pasarle la lengua por los pezones erectos por el fresco y la dócil cosquilla provocada por el suave rasgar de la punta de la pluma. Los agarró entre la punta de sus incisivos, los haló con cuidado,  con suavidad para no provocarle dolor. Acrecentándose  la intensidad de su alocado conjuro,  perdía la batalla a las sensaciones, resquebrajando su autocontrol. Hacía tanto tiempo, hacía demasiado. Esperó demasiado. Nunca hubo el momento, y el tiempo se pasó.

Cerró los ojos, se dejó ir el sueño de un apetito frustrado, queriendo rescatar lo que fuese capaz, por mentira que pudiera ser. De momento, quien, junto a él,  ocupaba la habitación era la mujer del cabello oscuro de ondas largas y abiertas hasta alcanzar la cintura, la mujer del pecho amplio y redondo, de la cintura estrecha, por la que tanto deseaba agarrarse y arar con sus anchas caderas su irrefrenable erección. La sentó sobre él, pero no encontró la proporción de caderas y cintura que esperaba, aun así no se negó a la idea vivir la experiencia que anhelaba, por insana que fuese. Ana Isabel se movía dando cortos saltos sobre él, al ritmo impuesto por sus manos, que con paranoica firmeza apretaba entre sus dedos su única oportunidad. La deseaba tanto que sus labios se ajustaban a la forma de las sílabas que formaban su nombre, una y otra vez.

Los suspiros y quejidos anhelantes le incitaban a penetrar con más furia, una rabia ciega que lo llevó a, estando dentro,  levantarla y acostarse sobre ella. La invistió varias veces más y saliendo de ella, acercó su boca a su entrepierna. Aplastando su nariz sobre su sexo, inhalando el aroma a mujer, a sudor acumulado entre los bellos púbicos, metió la lengua por entre sus labios, y sintió el calor húmedo que despedía y aumentaba según el placer la hacía olvidar para qué estaba allí.

La muchacha, Ana Isabel, se abrió totalmente de piernas y sin poder soportar más la visión de unos labios rojizos de deseo, rasgó suavemente con su uña metálica el sexo de la muchacha, la sangre se le resbalaba por entre la comisura de sus labios. Pasaba la lengua por la herida en su sexo,  consumiendo cuando podía hasta terminarse. Y aun terminada siguió hasta sentir temblar los muslos. Se limpió la sangre que resbalaba por los lados de su boca y la limpió cuidadosamente esparciéndola sobre su pecho desnudo, intercambiando sangre como un conjuro. Volvió sobre ella penetrándola, envuelto en su historia erótica, con ambas manos, con una fuerza estranguladora  rasgó la yugular de muchacha. La sangre, la bendita sangre, la vida le llenaba la boca de un salado delicioso que lo propulsaba a succionar. De momento, a la realidad le trajo una desesperada convulsión de silentes sollozos. Miró la muchacha,  Ana Isabel se había marchado. Y por un segundo, se sintió sofocado. De vuelta al presente. La muchacha miraba al techo con ojos temblorosos mientras resbalaban lágrimas de dolor y terror por sus mejillas. Se separó de ella. La mancha de sangre en su colchón no dejaba de crecer, según la sangre continuaba fluyendo hacia el exterior con cada latido del corazón. La miró desconcertado. Ansioso, de la mesilla, agarró el bote de hemolixir y con pulso palpitante lo mezcló con unas gotas de su propia sangre,  derramando la mixtura sobre el cuello y el sexo de la muchacha. Los cortes cedieron  a poción, deteniendo su derrama, cerrándose a una velocidad inaudita. Ya no dolían. Fue a la cocina, y trajo cuanto encontró para que la muchacha comiera; la muchacha comía mientras lloraba en silencio. Toma el vino, te hará bien, le dijo avergonzadamente confundido. La muchacha agarró la copa y la tomó de un solo golpe; lo que le renovó el color, sin percibir algún sabor ajeno. La muchacha, frágil en su ensangrentada desnudez, lloraba en silencio. ¿Cuál era su nombre? Ni siquiera sabía cómo llamarla. Le había hecho un daño irreparable. No podía hacerla olvidar. Ni siquiera sabía cómo llamarla; que decirle para consolarla. Le dolieron los ojos al mirar sus rostro cabizbajo cubierto por mechones de cabello enredado, sus hombros hundido, la viva imagen de la  indefensión, y cómo permanecía a su lado por la orden hipnótica antes recibida. Filippo la tomó entre sus brazos e intentó hacerla olvidar con delicadezas, apartar su terror, lo intentó varias veces, pero le fue imposible; las emociones ya se habían apoderado de chica, y su control no era suficiente para salva eso.

Filippo comenzó a llorar, se sentía arrepentido de haberla llevado hasta allí para cumplir un enviciado deseo con una mujer que ya no habitaba la tierra, una mujer de la que nunca más volvería escuchar. Algo que racionalmente, ni siquiera deseaba someter a aquella mujer.  Lloraba de forma convulsa, quería hablar pero las palabras se atragantaban entre los sollozos y los suspiros. Se aruñó la piel y la uña metálica abrió un surco sobre su brazo dejando línea de sangre desfilar hacia la mano. Era una bestia, una monstruosidad. Sentía asco de sí mismo.   No sabía si lloraba por remordimiento por haberle hecho daño a la muchacha, por haber abandonado por tantos años a Ana Isabel o por pena a sí mismo, o por todo a la vez.


Sabía que ella sería incapaz de decir algo sobre ese asunto, que no abandonaría aquella habitación hasta que él se lo ordenase, había sido compelida a ello. De momento, unos dedos delgados con suavidad se enredaron en los mechones de su cabello húmedo por sangre y sudor. Una lejana caricia que pretendía consolar, pero que a su vez buscaba contacto humano, para sentirse acompañada en su desolación. Filippo se abalanzó sobre ella, esta vez, buscando refugio. La muchacha sin pronunciar palabra permitió que Filippo se enterrara ocultando su rostro en su pecho. La muchacha sin nombre le abrió espacio, le acarició el cabello entre llantos, ella en silencio y él, a gritos, llamándose monstruo, pidiendo perdón.