Con la mejor ayudante. Espero que de verdad haya entendido lo que estoy buscando.
M: Como no aparece la persona en el sistema electrónico, ni tenemos más información, vamos a tener que buscarlo en los índices de personas.
Güeli: ¿Eso toma mucho?
M: No sé. ¿Por qué?
Güeli: Porque yo tengo hambre, mija.
M: Tengo que hacer esto, y tú me vas a ayudar para avanzar.
Güeli: Ok
Seguimos al empleado que nos va a llevar a los tomos viejos del Registro de la Propiedad. El nos explica unas cosas y, por supuesto, ella ni atendió, ni entendió. Nos entregan unos libros.
Güeli: ¿Qué es lo que tengo que hacer?
M: Buscar en la Sección C tal apellido. Cada vez que lo veas me avisas para revisarlo.
Güeli: Ok
Me pongo a scannear los apellidos de la sección C de varios libros. Cuando termino me dio cuenta de que ella no me ha avisado ni una sola vez. Me levanto y miro a mi lado. Güeli va buscando el apellido con C en la sección F o G. Analizo mis opciones: Primero, decirle que está mal y que dónde único había que buscar era en la C. Esta opción tendría consecuencias nefastas. Ella se desconectaría de la misión y recordaría que tenía hambre y que se quería ir (She is just like a child). Segundo, dejarla leer nombre por nombre, página por página inútilmente. Me decante por la segunda.
Cojo los libros. El empleado al verme con ellos me ofrece ayuda para llevarlos y buscar otros. Se da cuenta de lo que está haciendo Güeli y va donde ella con la intención de señalarle la verdad. En ese momento me invente todo un lenguaje de señas desesperado, para que se diera cuenta de que yo quería que la dejara así. Seguimos con los libros.
Bendito, de vez en cuando la escuchaba leer: De tal Fulano. De tal, Perencejo; lentamente uno a uno, en un libro que tiene entre 300 a 400 páginas.
En el tiempo que estuvimos:
Yo: scannie la sección C de 9 tomos
Güeli: Al parecer leyó página por página, sección por sección, más de mil nombres completos de un solo tomo (que luego verifique). Lo curioso es que nunca me avisó de ver el apellido escrito en algún lugar; cosa que era imposible que no estuviera.
Algo me dice que ella ni siquiera recordaba el apellido que le dije. Aun así, sea lo que sea, ella sabía que buscaba algo en los nombre. Pero qué buscaba, estoy segura de que no tenía la más mínima idea.
Cuando, camino de mi aposento, pasaba bajo los predestinados salones de la Torre de Comares, recordé un texto que solía emocionarme en los días de mi infancia: “El destino se sienta en la triste y oscura almena, y al abrirse la puerta para recibirme, una voz en ecos sombríos a través de los patios, va diciendo una hazaña sin nombre...” -en Cuentos de la Alhambra de W. Irving.
miércoles, 13 de julio de 2016
domingo, 26 de junio de 2016
Güeli canta el tango como ninguna
Güeli llega a
mí con un libro y me lo entrega.
M: ¿Si?
Güeli: Me lo
regalaste tú.
M: Si. (Lo cojo
y miro que dice que costaba 3,500 pesetas) Esto es viejo.
Güeli: Es uno
de mis libros favoritos. ¡Gracias!
M: Ya me las
habías dado. ¿Recuerdas?
Güeli: Si. Pero
te lo muestro, pq cuando yo muera quiero que lo guardes de recuerdo. Si abres
la primera página verás un mensaje para ti.
Abro la primera página. Las letras se deshacían ante mis ojos
nublados. En sílabas rotas le di las gracias y se lo
entregué. Intenté controlarme, no quería que me viese así, ni que supiera
que en mis pesadillas ese momento ocurría a menudo. No quiero que, llegado el
momento, ella sienta angustia al partir. Esperé hasta marcharme, porque no pude
controlarlo más, en el auto lloré amargamente. Ella sin querer me había
transportado al enfrentamiento hipotético de uno de mis más grandes miedos. Y
para colmo era la primera vez que me hablaba acerca de un suceso posterior a su
muerte.
No sé qué sería de mi vida sin ella.
Mi abuela es mi Güeli, mi madre, mi amiga... Yo soy, para bien o para
mal, como soy, gracias a ella. Su pasión por la historia, los libros, el
conocimiento. Su desmedido amor hacia nosotras. El tiempo que invertía en conversar
sobre temas de jovencita, que nadie quería escuchar. Cuando se sentaba a
revisar mis libretas (como lo odiaba) a ver si tenía tarea.
Su historia, la he escuchado miles de veces, y aun no me canso de oírla.
No sé de qué se llenará el aire cuando ya no escuche la pausada cadencia de su
voz hablándome de: su vida de casa en casa, su juventud como estudiante becada,
un doctorado incompleto por sentimientos machistas tradicionales, sus
experiencias espirituales cristianas, su vida como madre y esposa hasta el
final y la nota curiosa de un amor que jamás pudo ser, pero siempre existió.
Todos los consejos los escuché de ella. Pero el más importante era el
típico: ¡Cuidado con lo que desees! ¡Que muchas veces la escuché decirlo cuando
le repetía que yo quería una vida fuera de lo común, que quería una viva
romántica intensa y fuera de lo normal! Pero, que se le va a hacer... odio lo
tradicional, y ella también. Cuando me lo decía seguro se miraba en mi espejo.
Ahora, solo puedo pensar en los meses luego de la muerte de mi abuelo.
Casi puedo escuchar el piano y la guitarra. Pasábamos las horas
escuchando viejos tangos de Gardel, del Carril, Goyeneche y Lamarque. Noches
largas, por meses enteros. Solas, mi abuela y yo. A pesar de la tristeza,
es imposible no admitir que fueron hermosos momentos. Esos momentos tuvieron
tanto impacto en mí, que ninguna invitación a la salir podía extenderse hasta
tarde, porque luego tenía una cita con mi Güeli.
No sé, ella tiene la habilidad de ennoblecer lo ordinario. Y ahora, con
lo sucedido, sé que el día que ella muera, yo sufriré un infarto al miocardio,
y una parte de mi corazón perecerá con ella.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
