martes, 10 de enero de 2017

Three weeks before my 35th birthday

     My life has been in vain for almost 35 year. To make it sound pretty I could say I lost my way or my meaning (if I had any) so long ago that I can’t recall when did it happen.

     Hopefully, tomorrow will be another day, and it will carry on its wings the spark of a new hope.

     Ja! I’m such a fool. Same old hollow living. There is so much noise in silence that breathing becomes an overwhelming challenge.

   Tomorrow and the days to come will follow its route hovering over my thoughts and my dreams carrying the echoes of a meaningless lullaby. It is such a burden to linger awake for hours before falling into Morpheus’ spell. Get me the sleeping pills! Now!  Otherwise the monsters and specters will come out of their hiding grouts and tombs to feed on my fears and my self-destructive thoughts.  I suppose I’m such a great necromancer that I don’t even notice when I invite them to visit me; the problem is that they have overstayed their welcome since the first night they came disguising their ominous intention behind venecian masks.


   Cheers for my nearly thirty-five birthday! May my days as short as  my futile existance in a world I don’t belong.


domingo, 11 de septiembre de 2016

Pescando libros antiguos, atrapando pedazos de historias mínimas.



A ver, ¿cómo comenzar? Ha sido un fin de semana sorpresivamente agradable. Nos fuimos a viajar sin salir del país, como siempre, al Viejo San Juan. Muchos pensarán: para eso, mejor pasar el fin de semana en hotel La Concha en el Condado; pero esos no somos nosotros. Nos gusta quedarnos en el Hotel El Convento: pequeño, acogedor, histórico, elegante y, sobre todo, sin demasiados visitantes. No hospedarse allí, es perderse parte de la experiencia de estar un fin de semana en el VSJ. Y, es que, para nosotros, allí lo tenemos todo: buena cocina en SoFo, buenos bares en la San Sebastián (aunque lo que suele pasar es que nos hartamos en el wine & cheese de los sábados en el hotel), paseos para caminar, tiendas de joyería, teatro (de haber algo), músicos en la calle, vistas agradables, edificios históricos coloniales que nos sacan de lo que nuestro día a día, pero sobre todo, tiendas de antigüedades donde pasar las horas excavando entre la mugre y el polvo a ver que encontramos.
Puede que ese “deporte” suene muy aburrido, pero para nosotros puede llegar a ser el “pick” de la semana, si encontramos algo interesante. Normalmente, encontramos discos (siempre estamos en la búsqueda de una victrola His Masters Voice que tenga la bocina en forma de flor y que este en “mint condition”. En San Francisco encontramos una, pero no estaba en funcionamiento; arreglar eso cuesta más que la pieza como tal. (Nota aparte: esta búsqueda es un tanto infructífera por culpa de mi esposo.  Vale que no lo hemos encontrado, pero él siempre quiere comprar las cosas ―como dice mi padre― a precio de pesca’o abomba’o. El día que lo encontremos y mi esposo haga una oferta, yo me iré y lo dejaré solo.  No pienso soportar que se nos rían en la cara). Pero, volviendo al tema, esta vez, una colección (mint) de Benny Goodman Orquestra. Ahora mismo la estamos escuchando y suena genial, con ese lastre de sonido mono que lo hace interesante. Perooooooo, el “pick”, o más bien mi pick del fin de semana costo $25.00, pero para mí, ahora cuesta $100,000.00.
                Como no lo hice antes, tengo que echar un poco para atrás en el tiempo. A ver como lo hago…
Me gusta coleccionar libros. El problema es que este mercado ha cogido auge entre los tres gatos geeks que pensamos que los libros son… (usaría una expresión, pero me abstendré de hacerlo por sonar sacrílego) lo más grande que ha hecho la humanidad. Los anticuarios consientes de esto, están más pendiente que nunca de su valor en el mercado. Hay que estar alerta, muchas veces quieren pasarte gato por liebre. La realidad es que quisiera conseguir copias raras de ciertos libros clásicos, pero ascienden a los miles y eso queda completamente fuera de mi presupuesto; así que he decidido darle un giro a la cosa y buscar dentro de los libros otras dimensiones valiosas.
Cuando abro los libros me fijo en las cosas que están escritas a mano. Básicamente, pago más por lo que está a mano que por el libro en sí, porque como dije, los libros que quisiera en este momento de mi vida no los puedo comprar.
En diciembre pasado hice a mi esposo y mi mejor amigo (Osqui, que el muy santo me tiene una paciencia astronómica) soportar el frío de un mercado navideño en DC por más de una hora en lo que decidida que libro me llevaría. Revisé el librero uno a uno. Los primeros que cojo son los del 1800 porque suelo buscar libros o de literatura del Romanticismo o Gótico; y para quien me conoce, sabe que, si no me hubiese especializado en medieval, lo hubiera hecho en literatura del Romanticismo. Pero nada, los anticuarios lo saben, algunos los andamos buscando y ellos... $$$$$$. En fin, ese día me llevé el segundo tomo de Boy Trapper Series: Mail Carrier de Harry Castlemon, impresión de 1875
Sin entrar a resumir la historia de la novela, contaré porqué lo escogí entre los demás. Cuando compré el libro estábamos cerca del 25 de diciembre del 2015, y el panorama estaba lleno de mercadillos, gente tropezando y música navideña. Era genial para lo que pasaría cuando abriera el libro y me enamorara perdidamente de él. Pues bien, cuando abro el libro, me encuentro con un mensaje a lápiz y con una caligráfica clara y estirada. Para hacerlo divertido, observando esas características traté de sacar información: una mano adulta, educada y femenina. Luego, leí el mensaje: (primera página) Julius. E Watterson  2138 Euclio Ave. Cleveland. (página del lado) Merry Xmas for my dear Julius from Mamma. Dec 25’ 1897.  No me equivocaba, era una mano de mujer adulta.
Por poco lloro, sí, soy súper tonta, pero probablemente ese libro publicado en 1879 esperó por ser comprado en los anaqueles de una librería hasta que en 1897, una madre decidió comprarlo para su hijo como regalo. O sea, yo, en un mercado de navidad en 2015, alrededor del 20 de diciembre, decidí comprar un libro que alguna vez fue un regalo de navidad para un niño en 1897. No necesitaba más razones para llevármelo. Aunque cabe señalar que, aunque la carpeta y las páginas están en excelente estado de conservación, algunas páginas están sueltas.



Ahora, vamos al de hoy:
                El empleado o dueño de la tienda, a estas alturas, ya debe conocernos. Como se imaginarán, hicimos que sacara todos los libros en bolsas plásticas que había en una pequeña estantería. Había otros dos que me llamaban la atención, el problema es que no estaban los tomos completos: tenían el segundo tomo de The last days of Pompeii y otro… Pero, terminé comprando: El Juramento de Largardére, nombre que se le otorgó a la traducción de la novela Le bosu -el jorobado (1858)  de Paul Feval. Se había perdido la fecha de publicación, pero contábamos con una fecha mejor.
Sin querer, abrí la contraportada primero. Encontré una nota manuscrita a lápiz con una caligrafía grande y poco estilizada; pensé: varón joven. Leía: “Es propiedad de Manuel M. Guioré”. No era mucha información, pero al menos si encontraba otra cosa quizás consideraba comprar el libro. Para asegurarme que todas las páginas estuviesen pegadas, las corrí como a un abanico. ¡Sorpresa! Una foto de un joven. Pensé: “¡Wow! ¿Qué es esto?” Fue horrible cuando el dueño de la tienda la vio y me la quitó diciendo―: Esta hay que ponerla en la sección de fotos antiguas―. Yo me ofendí. Ernestito soltó una risita porque interpretó mi cara al verlo sacar la foto del libro. ¡Cómo se atrevía! Ese debe ser el tal Manuel M. Guioré. ¡Eso es parte de la historia personal de ese libro! El asunto es que, intentando disimular mi furia seguí corriendo las paginas hasta llegar a la portada. Cuando a la abro, me encuentro con lo más hermoso del mundo. Y, ¿qué puede ser lo más hermoso del mundo?: una vieja historia de amor atrapada en el tiempo.


En el interior quedaban los rastros de una flor marchita, y el siguiente mensaje (del que tres hemos intentado descifrar, pero solo hemos conseguido comprender algunas partes): “Testimonio de mis afectos a la Srta. Providencia Orr…… de su … M. Guioré”. ¡Ese libro tenía que ser mío! Me lleve el libro al pecho. Miré al hombre y le dije―: Nadie te va comprar ese libro por lo pronto, pero yo te lo compro si me devuelves la foto―. Podrán deducir el desenlace. Él estaba seguro que lo que yo estaba haciendo era una tontería y que él sacaría dinero a una porquería más. Mientras tanto, yo, estaba segura de llévame las reminiscencias de una historia de amor que espero haya sido bien habida.



No pudo haber mejor clausura para un fin de semana en el VSJ.

Ps. Ahora pensando... ¡Qué pena que no sujete la página en la que encontré la foto! Si era un ávido lector y algo romántico, probablemente aquella página podía guardar algunas líneas dedicadas a ella. Porque en ocasión a un amor, nadie regala un libro sin un motivo particular, siempre, detrás de todo, hay un mensaje oculto. A lo mejor, un día de estos consigo una copia del libro (esta está demasiado delicada como para ser leído) a ver que encuentro.
¡Ah! Si alguna vez algún descendiente de Doña Providencia o Don Manuel Guioré entrara en este blog, sepa que estoy dispuesta a devolver el libro si me prueba que, en efecto, es su descendiente. Este libro debe ser un legado familiar, y no pertenece a otro que no sea su línea sucesoria.